martes, 2 de septiembre de 2014

LA AXIOLOGÍA (II)


“No puedes cambiar el viento, pero puedes cambiar la dirección de las velas”. Proverbio chino.

A fines del siglo XIX, ante los nuevos aportes provenientes del marxismo, también se comienza a abordar el concepto de valor, sobre la base de la relación real existente entre el sujeto y el objeto, en este caso, bajo un marco netamente social. Se propone que los valores surgen de una relación práctica-cultural y no a partir del simple conocimiento de las cosas por parte del individuo. Es así como los valores, son el resultado de la actividad práctica del ser humano.

Igual se reafirma que en determinadas formaciones espirituales, las ideas también pueden convertirse en valores. Sin embargo hace hincapié en que la existencia de estos fenómenos espirituales, por ser subjetivos, sólo se convierten en valores, en la medida en que ellos se correspondan con las tendencias del desarrollo social.

De tal forma en esta tendencia del pensamiento, los valores no existen en el ser humano por fuera del marco de la sociedad, ni dentro de sus relaciones sociales. Es a partir de esta sutil distinción que se puede hacer una separación inicial de los conceptos de moral y ética, pues si bien ambas son disciplinas normativas que definen el bien y el mal, y que encaminan al individuo hacia la apropiación de los valores íntimos, la inmensa diferencia radica en que la ética se afinca en la razón, y depende de los principios filosóficos, mientras la moral se apoya en las costumbres y está conformada por un conjunto de elementos normativos que la sociedad acepta como válidos, e inclusive en muchas ocasiones, hasta le llega a imponer.

En contraposición al planteamiento anterior, Max Scheler, considera que los valores no son exactamente propiedades de los objetos, sino que ellos son los objetos en sí y que conllevan sus propiedades.

Ahora bien, para mayor precisión Scheler hace una específica distinción entre los objetos reales y de los ideales. Dentro de esta nueva concepción, el valor se halla fuera del espacio y del tiempo y lo considera por lo tanto, indestructible. Sin embargo, una clara percepción y la diferenciación de sus matices, resulta un tanto complicada para el observador lego, requiriendo de un talante especial, de educación y de un gran denuedo, para reconocer lo bueno, desearlo y aspirar a ello, tanto para sí, como para todos los demás. Se asegura que no es posible concebir que algo que sea considerado excelente, que pueda no ser deseado por el sujeto que lo vislumbra. Lo anterior hace apuntar de nuevo hacia el fomentado criterio platónico que reza que:

“El proceso de educación, debe estar diseñado hacia la búsqueda de ese ideal, como único medio posible, por el cual el hombre alcanza su perfección”.

A este tipo de concepción, en su momento se opusieron los sofistas, quienes adoptaron una perspectiva relativista promovida en un principio por Protágoras y Gorgias, sentando las bases que a su vez dieron pie al planteamiento del idealismo kantiano, con el fin de enfrentar la postura realista platónica.

Kant propone la existencia de un dualismo, en el que el reino de los fines y del valor, se aleja del mundo de los juicios teóricos. Sostiene que lo único que movería al individuo a actuar moralmente, sería el concepto arraigado del “deber puro”, independientemente de la utilidad o satisfacción de lo obtenido o cumplido, todo, sometido al denominado mandato general de la razón, que por medio de sus diferentes postulaciones, dice cómo actuar, en el caso en que se quisiera que todo el mundo actuase de la misma forma deseada.

Esto no tiene mucho que ver con una realidad propia y definida, sino con otra propuesta ideal, que pertenece al mundo de la subjetividad racional, dentro de los límites del pensamiento. Por lo tanto, indica que los ideales y los valores corresponden a dicha subjetividad y termina por reconocer la imposibilidad de acceder a supuestas realidades de forma absoluta, al igual que absolutos, eran los conceptos de valores propuestos por Platón, de forma que su resultado al final, se reduce a definir como son las ideas, las mismas que orientan y determinan la conducta del hombre.

Una vez lo hace del dionisíaco, habla de su pasión desenfrenada por mezclarse y fundirse con los objetos, la vida y el mundo, y ahí deducimos que está hablando de una función extravertida, pero con carácter arcaico inconsciente, precisamente el estado que le corresponde a esa función extravertida.

En el pensamiento post-renacentista, C.G. Jung se ocupa en su obra de las clasificaciones de los tipos psicológicos heredadas de poetas y filósofos. Se ocupa ampliamente de sus más directos antecedentes, de la preocupación psicológica, metafísica, filosófica y estética. Tal es el caso de los cuatro elementos constituyentes del Cosmos, que según él, en la Psique se transforman en cuatro funciones de actitud y percepción: Sentimiento, Sensación, Pensamiento e Intuición.

En este recuento histórico acerca de la evolución de las teorías de los valores, más adelante aparece Nietzsche, quien propuso su teoría del Superhombre, donde se insiste en la sustitución de los viejos "valores absolutos", pregonados por los griegos y asimilados por la cultura judeo-cristiana, por una nueva escala de bondades, más acorde con la vida común, referida en particular al vitalismo, y que se encuentra estrechamente relacionada con el instinto.

Esta nueva postura, ubica el valor, dentro del ámbito de respuestas fisiológicas y psicológicas del individuo, diferente a las consideraciones de la existencia independiente que propende la apreciación netamente filosófica del valor por parte del sujeto, quien ahora lo vislumbra como algo absoluto, esencial y eterno.

En sus trabajos de Nietzsche habla sobre la diferenciación del carácter apolíneo, del dionisíaco, expuestos en su ensayo “El nacimiento de la Tragedia” de 1871. Cuando describe el carácter apolíneo, lo hace señalando su mesura, su orden, su moderación, ascetismo y reflexión, y no es difícil entrever en esos rasgos la apariencia externa de un intelectual introvertido.



Fuente: Mi libro: “UN SENDERO A LONTANANZA”.

Registro de Propiedad Intelectual DNDA: 10-427-242

Autor: Daniel García Vanegas.

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